Desde mi cosmovisión y experiencia comparto reflexiones, sentimientos y puntos de vista propios y de otros sobre hechos cotidianos y vitales que hacen a nuestra vida y la sociedad moderna. Un gran abrazo!
"Hoy, en muchas, además del médico, intervienen también ingenieros, biólogos, diseñadores, técnicos y otros profesionales"
Gran desafío moral es decidir hasta qué punto se delega a la tecnología diseñar el futuro humano.
Por: GLORIA HELENA REY
Caminamos
en sentido contrario del robot Andrew que lucha por convertirse en ser
humano y que interpretó el fallecido Robin Williams en “El hombre
bicentenario”, película de ciencia ficción dirigida por el Chris
Columbus en 1999.
Basada en un cuento del escritor y bioquímico
ruso Isaac Asimov y en la novela El hombre positrónico, que escribió
junto con Robert Silverberg, ‘El hombre bicentenario’ muestra a un robot
que sueña con enamorarse, envejecer y morir como todos los seres de
nuestra especie, y lo consigue.
Sin embargo hoy, por los avances
de la ciencia y la tecnología, estamos en la orilla opuesta de Andrew.
Los humanos queremos vivir más y mejor, aunque implique agregar piezas
artificiales a nuestra anatomía, que alteran la esencia de la especie,
cambian su identidad y encaminan hacia la fusión hombre-máquina, lo que
modificará la sociedad en menos de 20 años, según algunos científicos.
Pero
otros, como el ingeniero científico colombiano Hernando Ramírez Llinás,
exinvestigador del Instituto de Biología Molecular de la Universidad El
Bosque en Bogotá, consideran que no hay que esperar tanto pues “la
fusión ya es una realidad”. Se inició hace décadas cuando comenzamos a
utilizar anteojos para ver mejor, injertos cocleares para potenciar el
oído o marcapasos para mejorar el funcionamiento del corazón.
Cada
vez que incorporamos a nuestro cuerpo un elemento ajeno para optimizar
sus funciones, caminamos hacia el nuevo hombre, hacia el humano
modificado por la ciencia, hacia el posthumano. “Hoy,
en muchas situaciones, además del médico, intervienen también
ingenieros, biólogos, diseñadores, técnicos y otros profesionales”.
Estamos
cambiando como especie a una velocidad de vértigo y nos transformamos,
no porque evolucionemos sino por el impacto de la ciencia y la
tecnología sobre nuestro género. “Hoy la especie humana no representa el
fin sino el principio de la evolución. Estamos entrando en una era
totalmente nueva de la historia de la humanidad. La tecnología nos
llevará más allá de lo que se describe hoy como humano”, afirma Ramírez.
Avances
de ciencia y tecnología están mejorando la calidad y prolongando la
vida del ser humano pero alejándolo del Homo sapiens que definen
diccionarios o enciclopedias. Desde hace años somos una nueva especie,
el hombre, después de ese hombre que describen los libros.
Actualmente
millones usamos anteojos, otros tantos, marcapasos, prótesis, implantes
de diversa índole, senos, caderas, colas, narices, ojos y hasta rostros
postizos y cartílagos, huesos y pieles diseñadas en computador e
impresas en silicona, nylon o en tejido vivo en 3 dimensiones 3D, entre
muchas otras cosas.
El impacto del futuro sobre nuestra especie es
hoy sobresaliente en personas discapacitadas, rehabilitadas con
prótesis biónicas, por ejemplo. También en el manejo, con el
pensamiento, de dispositivos robot y exoesqueletos, como el que se
utilizó en el último Mundial de Fútbol en Brasil, que permitió a un
parapléjico caminar 25 metros y dar el puntapié que lo inauguró. “Nos
enfrentamos a un ser humano distinto al de otros siglos y,
probablemente, en 15 años no seremos los más inteligentes sobre el
planeta”, pronostica Ramírez.
Hoy estamos en el medio del “shock
del futuro”, que anunciaba el escritor futurista norteamericano Alvin
Toffler hace 34 años. Según él lo entendía, el shock o choque se produce
cuando se registran demasiados cambios en un corto periodo.
Por
ejemplo, si hace una década un accidente destrozaba la piel humana,
hacía añicos un hueso o el paso de los años derretía los cartílagos de
las rodillas o pulverizaba los huesos que sostienen los dientes de los
mayores, lo aceptábamos como una mala pasada del destino o como el cruel
e implacable deterioro de la vejez, pero las cosas cambiaron.
Hoy,
piel, hueso o cartílago pueden diseñarse en un computador e imprimirse
en una bioimpresora en 3 dimensiones 3D o regenerarse a partir de las
células madre del afectado y crecer de nuevo con una emulsión fabricada
con la propia sangre, como lo hace la bióloga colombiana Elda Restrepo
en el Instituto de Regeneración Tisular (IRT) en Bogotá.
“El
organismo se recupera por memoria biológica y aprovechamos eso para
reconstruir piel, hueso cartílago, ligamentos, tendones, pelo y
realizamos estudios para regenerar otro tipo de tejidos. Trabajamos con
lo que se conoce como bilogía inteligente”.
Por otro lado, la
creación de la bioimpresora en 3D hace 4 años inició la mayor revolución
de la medicina del siglo XXI y lo cambiará todo, según el ingeniero
mecánico aeroespacial Jonathan Butcher, profesor asociado en el
Departamento de Ingeniería Biomédica de la Universidad de Cornell.
La
medicina del siglo XXI es multidisciplinaria. Hoy, en muchas
situaciones, además del médico intervienen también ingenieros, biólogos,
diseñadores, técnicos y otros profesionales. Una prueba son las gafas
para facilitar la marcha a los enfermos de Parkinson, creadas hace poco
por un diseñador industrial y dos neurólogos colombianos.
“Los
médicos de este siglo tendrán que saber sobre impresión 3D y
familiarizarse con los avances de la tecnología”, nos dice Butcher.
“Estamos regenerando tejido óseo, a la medida, a través de la
reconstrucción guiada con membranas de titanio. También hacemos
implantes odontológicos y estamos próximos a desarrollar nuestro primer
cráneo”, revela con sorprendente naturalidad el diseñador industrial
colombiano Mario Prieto.
La bioimpresora en 3D cambiará también la
psiquis del hombre y en consecuencia las sociedades, en la medida en
que se perfeccionen las técnicas para producir partes perfectas del
cuerpo en un computador, se impriman e instalen en nuestro organismo,
como si fueran partes de un automóvil.
Hasta
hoy, la impresión en 3D ha propiciado grandes avances como “la
impresión de los tejidos de la red vascular, del oído, la válvula
cardíaca, hueso, menisco y disco vertebral. Una de sus grandes ventajas
es que el tejido que se reemplaza puede ser diseñado fuera del quirófano
y entregado de forma inalámbrica para su impresión y uso en la sala de
operaciones. Las células madre pueden ser aisladas directamente durante
la cirugía y mezclarse con los componentes de la impresión”, explica
Butcher.
A eso se añaden adelantos en nanotecnología o
manipulación de la materia a nivel de átomos y moléculas, que han
permitido combatir enfermedades sin ocasionar efectos colaterales y
avances obtenidos en bioingeniería como “la descelularización y
repoblación de órganos; la obtención en vivo de imágenes moleculares,
tanto para identificar como para atacar enfermedades terapéuticamente y
la Edición Genómica, que permite sumar / restar / modificar el ADN de un
organismo vivo”, según Butcher.
Algunos científicos admiten que,
en menos de dos décadas, estaremos reemplazando hígados, páncreas,
riñones y otras partes dañadas del cuerpo por piezas nuevas diseñadas en
computador con el mismo ADN y características de tejido del individuo
afectado.
Pero la inmediatez con que se empiecen a producir las
partes del cuerpo en 3D no será igual para todos los tejidos y órganos
humanos. “Sucede hoy con huesos, piel, cartílago y potencialmente con
tendones y ligamentos, pero será más complicado con corazón, cerebro,
riñón y páncreas, aunque siempre surgen nuevas tecnologías de las
tecnologías conocidas”, añade Butcher.
Lo anterior lleva a
redefinirnos como especie. Si en el pasado, por la filosofía clásica y
la taxonomía en biología, se definía al hombre como “un organismo
cohesionado que ocupa una única región espaciotemporal que le pertenece
de forma exclusiva”, esa definición tendría que ajustarse.
“Biotecnología,
Nanotecnología, Infotecnología y Cognitivotecnología son hoy los cuatro
pilares cuyo acelerado desarrollo, presente y futuro, harán evolucionar
de Homo sapiens hacia organismos posthumanos”, nos dice el psiquiatra
colombiano Alfonso Rodríguez, director del Área Psicosocial de la
Facultad de Medicina de la Universidad El Bosque.
“Ese rediseño
potenciará cada vez más nuestras dotes físicas y mentales, dejando de
ser la única forma de vida consciente en el planeta y transformando,
entre otras cosas, nuestra identidad, moralidad y funcionamiento
social”.
Aunque la incorporación de prótesis o piezas artificiales
en el humano es algo de vieja data, el punto está en qué grado las
alteraciones modifican la imagen corporal o las funciones humanas.
“Entre más lo hagan, más se requerirá el ajuste del ‘Yo psicológico’ al
‘Yo corporal’. El hombre modificado, el posthumano, “tendrá que poner a
prueba su capacidad de adaptación a una diferente imagen corporal y
sufrir un proceso de incorporación de lo extraño en no extraño y propio.
Si hay alteraciones psicológicas previas o no, se incluye un manejo
integral biopsicosocial en el uso de las tecnologías, se aumentará el
riesgo de desequilibrios psicológicos”, afirma.
Las
transformaciones corporales en el hombre que conocemos hoy también
cambiarán su forma de pensar. En la actualidad ya hay cambios en el
cotidiano humano por el impacto de la tecnología. “Asistimos a la forma
diferente de pensar de los niños, por ejemplo. Su cerebro tiende a hacer
procesos multiárea y su mundo hace rato no es lineal, plano,
cuadriculado o cúbico. Es poliédrico (es decir multidimensional), que es
bueno pues los ayuda a ver más allá en ciencia, traspasando las
barreras de lo sensible”, resalta Rodríguez.
Al tiempo que
cambiamos física y mentalmente, las sociedades se transforman. No
tendremos que esperar hasta el 2050 para que se cumpla lo que Aldous
Huxley imaginó en su novela Un mundo feliz, en 1932 que, aunque despertó
críticas y burlas, hoy es evaluada de forma diferente. Eso, debido a
la creciente atomización de la familia; la brecha en aumento entre
ricos y pobres; los efectos de la globalización sobre la identidad de
los pueblos; el incremento del consumo; la proliferación de drogas
psicoactivas; la progresiva deshumanización del hombre y los avances de
la ciencia y la tecnología, que aíslan cada vez más al ser humano de sus
congéneres de especie.
Ejemplos inmediatos de lo último son los
Iphones, los narcotizantes videojuegos, tablets y otros aparatos,
considerados inteligentes, que alejan de la comunicación con el otro
incluso estando frente a él.
El ingeniero finlandés Pentti
Malaska, expresidente de la Federación Mundial de Estudios del Futuro
(World Future Studies Federation, WFSF), afirmó que la evolución
biológica está llegando a su límite, que seres posthumanos biodiseñados
surgirán y darán lugar a varios tipos de organismos como los “Bio-orgs,
bioorganismos codificados proteínicamente atados a su ambiente natural o
los Cyborgs u organismos cibernéticos, que son mezcla de elementos
biológicos y mecánicos con acción en el entorno tradicional y
utilización del espacio cercano, entre otros”.
Se estima que por
lo menos un 12 % de la población de EE. UU. podría ser considerada como
Cyborgs, ya que en términos prácticos emplean piezas biónicas como
marcapasos, prótesis artificiales, etc. y que crecerá la población de
Geborgs, organismos manipulados genéticamente.
No todos los
humanos podrán evolucionar de igual manera y, cual neardentales, algunos
se extinguirán. Los que evolucionen serán unos más posthumanos que
otros, ratificando la predicción de Huxley con respecto a la sociedad
que describe, compuesta por seres programados para ser felices en sus
roles mediante la biotecnología. “La tecnología en sí misma no es ni
buena ni mala pero todo depende de lo que se haga con ella.
Por
eso, la investigación científica debe estar cada vez más atravesada por
la ética y los estudios críticos de la ciencia social”, afirma el doctor
Rodríguez, pero admite que le preocupa que aumenten las brechas
sociales, que termine comercializándose y no beneficie a la mayoría.
Según
Arthur Caplan, el reconocido doctor norteamericano en Bioética, que
dirige el Centro de Bioética de la Universidad de Pensilvania, el hombre
enfrenta, por lo tanto, “el mayor desafío moral de su historia porque
debemos decidir hasta qué punto queremos diseñar a nuestros
descendientes”.
GLORIA HELENA REY
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