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Gabriel García Márquez
Carátula. Nicaragua, agosto del 2004.
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El plan parecía una locura demasiado simple. Se trataba de tomar el Palacio Nacional de Managua a pleno día, con solo
En realidad, el plan lo había concebido y propuesto desde 1970 el veterano militante Edén Pastora, pero sólo
Tres empréstitos de cuarenta, cincuenta y sesenta millones de dólares se anunciaron poco después. Por último, el propio presidente Carter, de su puño y letra, rebasó la copa con una carta a Somoza en la cual lo felicitaba por una pretendía mejoría de los derechos humanos en Nicaragua. La Dirección Nacional del FSLN, estimulada por el ascenso notable de la agitación popular, consideró entonces que era urgente la réplica terminante
Militantes probados
La responsabilidad de la operación recayó sobre tres militantes bien probados. El primero fue el hombre que la había concebido y que había de comandarla, y cuyo nombre real parece un seudónimo de poeta en la propia patria de Rubén Darío: Edén Pastora. Es un hombre de cuarenta y dos años, con veinte de militancia muy intensa y con una decisión de mando que no logra disimular con su estupendo buen humor. Hijo de un hogar conservador, estudió el bachillerato con los jesuitas, y luego hizo tres años de medicina en la Universidad de Guadalajara, México. Tres años en cinco, porque varias veces interrumpió las clases para volver a las guerrillas de su país, y sólo
En el segundo lugar fue designado Hugo Torres Jiménez, un veterano guerrillero de treinta años, con una formación política tan eficiente como su formación militar. Había participado en el célebre secuestro de una fiesta de parientes de Somoza en 1974, lo habían condenado en ausencia a treinta años de cárcel y desde entonces vivía en Managua en la clandestinidad absoluta. Su nombre, igual que la operación anterior, fue el número "Uno".
La número "Dos", única mujer del comando, es Dora María Téllez, de veintidós años, una muchacha muy bella, tímida y absorta, con una inteligencia y un buen juicio que le habrían servido para cualquier cosa grande en la vida. También ella estudió tres años, de medicina en León. "Pero desistí por frustración", dice. "Era muy triste curar niños desnutridos con tanto trabajo, para que tres meses después volvieran al hospital en peor estado de desnutrición. "Procede del Frente Guerrillero del Norte. "Carlos Fonseca Amador". Desde enero de 1976 vivía en la clandestinidad.
Otros veintitrés muchachos completaban el comando. La dirección del FSLN los escogió con mucho rigor entre los más resueltos y probados en acciones de guerra de todos los comités regionales de Nicaragua, pero lo que más sorprende en ellos es su juventud. Omitiendo a Pastora, la edad promedio del comando era de veinte años. Tres de sus miembros tienen dieciocho.
Los veinticinco miembros del comando se reunieron por primera vez en una casa de seguridad de Managua, solo
El único que había estado alguna vez dentro del Palacio Nacional era el comandante "Cero", cuando era muy niño y acompañaba a su madre a pagar los impuestos. Dora María, la número "Dos" , tenía una cierta idea del Salón Azul, donde se reúne la Cámara de Diputados, porque alguna vez lo había visto en la televisión
El día escogido para la acción fue el martes 22 de agosto, porque la discusión del Presupuesto Nacional aseguraba una asistencia más numerosa. A las 9.30 de la mañana de ese día, cuando los servicios de vigilancia
Fabuloso ingenio
El ingenio de la acción consistía en hacerse pasar por una patrulla de la Escuela de Entrenamiento Básico de Infantería de la Guardia Nacional. De modo que se uniformaron de verde olivo, con uniformes hechos por costureras clandestinas en tallas medianas, y se pusieron botas militares compradas el sábado anterior en tiendas distintas. A cada uno le dieron un bolso de campaña con el pañuelo rojo y negro del FSLN, dos pañuelos de bolsillo por si sufrían heridas, un foco de mano, máscaras y anteojos contra gases, bolsas plásticas para almacenar el agua en caso de urgencias y bicarbonato para afrontar los gases lacrimógenos.
En la dotación general del comando había, además diez cuerdas de nylon de metro y medio para amarrar rehenes y tres cadenas con candados para cerrar por dentro todas las puertas del Palacio Nacional. No llevaban equipo médico porque sabían que en el Salón Azul había servicios y medicinas de urgencia. Por último se les repartieron las armas que de ningún modo podían ser distintas a las que usa la Guardia Nacional, porque casi todas habían sido capturadas en combate. El parque completo eran dos subametralladoras UZI, un G3, un M3, un M2, veinte fusiles Garand, una pistola Browning y cincuenta granadas. Cada uno disponía de trescientos tiros
La única resistencia que opusieron todos fue a la hora de cortarse el cabello y afeitarse las barbas cultivada con tanto esmero en los frentes de guerra. Sin embargo, ningún miembro de la Guardia Nacional puede llevar cabellos largos ni barbas, y solo
A las 11.50 de la mañana, con el retraso habitual, la Cámara de Diputados inició la sesión en el Salón Azul. Solo
Desde la gran puerta de cristales de la entrada principal se ve la bancada liberal a la derecha y la bancada conservadora a la izquierda. Al fondo, sobre un estrado, está la larga mesa de la Presidencia. Detrás de cada bancada hay un balcón para las barras de cada partido y una tribuna para los periodistas, pero el balcón de las barras conservadoras está cerrado desde hace mucho tiempo, mientras que el de los liberales está abierto y siempre muy concurrido por partidarios a sueldo. Aquel martes estaba más concurrida que de costumbre y había además unos veinte periodistas en la tribuna de prensa. Asistían casi todos los diputados y dos de ellos valían su peso en oro para el FSLN: Luis Pallais Debayle, primo hermano de Anastasio Somoza, y José Somoza Abrego, hijo del general José Somoza, que es medio hermano del dictador.
El debate sobre el presupuesto había comenzado a las 12.30 cuando dos camionetas Ford, pintadas de verde militar con toldos de lona verde y bancas de madera en la parte posterior, se detuvieron al mismo tiempo frente a las dos puertas laterales del Palacio Nacional. En cada una de las puertas, como estaba previsto, había un policía armado con una escopeta, y ambos estaban bastante acostumbrados a su rutina, para darse cuenta de que el verde de las camionetas era mucho más brillante que el de la Guardia Nacional. Rápidamente, con ruidosas órdenes militares, de cada una de las camionetas descendieron tres escuadras de soldados.
El primero que bajó fue el comandante "Cero", frente a la puerta oriental, seguido por tres escuadras. La última estaba comandada por la número "Dos": Dora María. Tan pronto como saltó a tierra, "Cero" gritó con su voz recia y bien cargada de autoridad: "¡Apártense! ¡Viene el jefe!"
El policía de la puerta se hizo a un lado de inmediato y el "Cero" dejó a uno de sus hombres montando guardia a su lado. Seguido por sus hombres subió la amplia escalera hasta el segundo piso, con los mismos gritos bárbaros de la Guardia Nacional cuando se aproxima Somoza, y llegó hasta donde estaban otros dos policías con revólveres y bolillos. "Cero" desarmó a uno y la "Dos" desarmó al otro con el mismo grito paralizante: "¡Viene el jefe!"
Allí quedaron apostados otros dos guerrilleros. Para entonces, la muchedumbre de los corredores había oído los gritos, había visto a los guardias armados, y había tratado de escapar. En Managua es casi un reflejo social: cuando llega Somoza todo el mundo huye.
"Cero" llevaba la misión específica de entrar en el Salón Azul y mantener a raya a los diputados, sabiendo que todos los liberales y muchos de los conservadores estaban armados. La "Dos" llevaba la misión de cubrir esa operación frente a la gran puerta de cristales, desde donde dominaba, abajo, la entrada principal del edificio. A ambos lados de la puerta de cristales había previsto encontrar dos policías con revólveres. Abajo, en la entrada principal, que era una verja de hierro forjado, había dos hombres armados con una escopeta y una subametralladora. Uno de ellos era un capitán de la Guardia Nacional.
"Cero" y la "Dos", seguidos por sus escuadras, se abrieron paso por entre la muchedumbre despavorida hasta la puerta del Salón Azul, donde se llevaron la sorpresa de que uno de los policías tenía una escopeta. "¡Viene el jefe!", volvió a gritar "Cero" y le arrebató el arma
Al oír los primeros tiros
La "Dos", mientras tanto, pasó de largo frente al Salón Azul y llegó hasta el extremo del corredor donde estaba el bar de los diputados. Cuando empujó la puerta con la carabina M1 dispuesta a disparar, solo
"Cero" empujó entonces con el cañón del G3 la amplia puerta de vidrios esmerilados del Salón Azul, y se encontró con la Cámara de Diputados paralizada en pleno: cuarenta y nueve hombres lívidos mirando hacia la puerta con una expresión de estupor. Temiendo ser reconocido, porque algunos de ellos habían sido sus condiscípulos en la escuela de los jesuitas, "Cero" soltó ráfaga de plomo contra el techo y gritó : "¡La Guardia! ¡Todo el mundo a tierra!" Todos los diputados se tiraron
Formación marcial
En el ala oriental del edificio el número "Uno" oyó los disparos cuando ya sus hombres habían neutralizado a los dos policías del segundo piso y él se dirigía hacia el fondo del corredor donde estaba el Ministerio de Gobernación. Al contrario de las escuadras de "Cero", las del número "Uno" entraron en formación marcial y se iban quedando en el camino para cumplir las misiones asignadas. La escuadra tercera, comandada por el número "Tres", empujó la puerta del Ministerio de Gobernación, en el momento en que resonó en el edificio la ráfaga de plomo de "Cero". En la antesala del Ministerio se encontraron con un teniente y un capitán de la Guardia Nacional, guardaespaldas del ministro, que al oír los disparos se aprestaban a salir
El "Uno", mientras tanto, había llegado hasta la puerta posterior del Salón Azul, saltando por encima de los montones de hombres y mujeres que estaban tirados
Afuera, en ese instante, se oyó un breve tiroteo. "Cero" volvió a salir del salón y vio una patrulla de la Guardia Nacional al mando de un capitán, que disparaba desde la puerta principal del edificio contra los guerrilleros apostado frente al Salón Azul."Cero" les lanzó una granada de fragmentación, y puso término
Un mal almuerzo
Anastasio Somoza Debayle, el cuarto de la dinastía que ha oprimido a Nicaragua por más de cuarenta años, conoció la noticia en el momento en que se sentaba a almorzar en el sótano refrigerado de su fortaleza privada. Su reacción inmediata fue ordenar que se disparar sin discriminación contra el Palacio Nacional.
Así se hizo, pero las patrullas militares no pudieron acercarse porque las escuadras sandinistas los rechazaban con un fuego intenso desde las ventanas de los cuatro costados. Durante quince minutos, un helicóptero pasó disparando ráfagas de metralla contra las ventanas y alcanzó a herir a un guerrillero en una pierna: el número "Sesenta y dos".
Poco después, otra llamada de Pallais Debayle le informó a Somoza que el FSLN proponía como intermediarios a tres obispos nicaragüenses: monseñor Miguel Obando y Bravo, arzobispo de Managua, que ya había sido intermediario cuando el asalto a la fiesta de somocistas en 1974; monseñor Manuel Salazar y Espinosa, obispo de León, y monseñor Leovigildo López Fitoria, obispo de Granada. Los tres, por casualidad, se encontraban en Managua en una reunión especial. Somoza aceptó. Mas tarde, también a instancias de los sandinistas, se unieron a los obispos los embajadores de Costa Rica y Panamá. Los sandinistas, por su parte, encomendaron la dura carga de las negociaciones a la tenacidad y el buen juicio de la número "Dos".
Su primera misión, cumplida a las 2:45 de la tarde, fue entregarles a los obispos el pliego de condiciones. Pedían la libertad inmediata de todos los presos políticos, la publicación por todos los medios de los partes de guerra y de un comunicado político adjunto, el retiro de agentes armados a más de trescientos metros del Palacio Nacional, aceptación de todo cuanto pedían los empleados en huelga del gremio hospitalario, diez millones de dólares y garantías para que el comando y los presos liberados viajaran a Panamá una vez logrado el acuerdo. De modo que las conversaciones empezaron el mismo martes, continuaron toda la noche y culminaron el miércoles hacia las seis de la tarde. En ese lapso, los negociadores estuvieron cinco veces en el Palacio Nacional, una de ellas a las 3 de la madrugada del miércoles, y en realidad no parecía vislumbrarse un acuerdo en las primeras veinticuatro horas.
Lectura del comunicado
La petición de que se leyeran por radio los partes de guerra y un largo comunicado político que el FSLN había preparado, de antemano resultaba inaceptable para Somoza. Pero otra le resultaba imposible: la liberación de todos los presos que estaban en la lista. En realidad, en esa lista se habían incluido, con toda intención, veinte presos sandinistas que sin duda habían muerto en las cáceles, víctimas de torturas y ejecuciones sumarias, pero que el gobierno se negaba a reconocer.
Somoza envió al Palacio Nacional tres respuestas escritas impecablemente en máquina eléctrica, pero todas sin firmas y redactadas en un estilo informal plagado de ambigüedades astutas. Nunca hizo una contrapropuesta sino que trataba de eludir las condiciones de los guerrilleros. Desde el primer mensaje fue evidente que quería ganar tiempo, convencido de que veinticinco adolescentes no serían capaces de mantener a raya por mucho tiempo a más de dos mil personas acosadas por la ansiedad, el hambre el sueño. Por eso su primera respuesta a las 9 de la noche del martes fue un desplante olímpico que pedía veinticuatro horas para pensar.
Sin embargo, en su segundo mensaje, a las 8.30 de la mañana del miércoles, había cambiado la arrogancia por las amenazas, pero empezaba a aceptar condiciones. La razón parecía clara: los negociadores habían recorrido el Palacio Nacional a las 3 de la madrugada y habían comprobado que Somoza se equivocaba en sus cálculos. Los guerrilleros habían desalojado por iniciativa propia a las pocas mujeres embarazadas y a los niños, habían entregado por medio de la Cruz Roja a los militares muertos y heridos, y el ambiente en el interior era ordenado y tranquilo. En le primer piso, en cuyas oficinas se habían concentrado los empleados subalterno, muchos dormían en paz en sillones y escritorios y otros se dedicaban pasatiempos inventados. No había le menor señal de hostilidad, sino todo lo contrario, contra los muchachos uniformados que cada cuatro horas hacían una inspección del recinto. Más aún; en algunas de las oficinas públicas habían preparado café para ellos, y muchos de los rehenes les habían expresado su simpatía y solidaridad, incluso por escrito, y habían pedido permanecer allí de todos modos como rehenes voluntarios.
En el Salón Azul, donde habían concentrado a los rehenes de oro, los negociadores habían podido observar que el ambiente era tan sereno como en el primer piso. Ninguno de los diputados había ofrecido la menor resistencia, los habían desarmado sin dificultad y a medida que pasaban las horas se notaba en ellos un rencor creciente contra Somoza por la demora de los acuerdos. Los guerrilleros, por su parte, se mostraban seguros y bien educados, pero también muy resueltos. Su réplica a las ambigüedades del segundo documento fue terminante
Somoza debió comprender entonces la vanidad de sus cálculos y concibió el temor de una insurrección popular, cuyos síntomas comenzaban a vislumbrarse en distintos lugares del país. De modo que a la 1:30 de la tarde del miércoles, en su tercer mensaje, aceptó la más amarga de las condiciones: la lectura del documento político del FSLN a través de todas las emisoras del país. A las seis de la tarde, después de dos horas y media, la transmisión había terminado
Signos de capitulación
Aunque todavía no se llegaba a ningún acuerdo, la verdad parece ser que Somoza estaba dispuesto a capitular desde el mediodía del miércoles. En efecto, a esa hora los presos de Managua habían recibido órdenes de preparar sus maletas para viajar. La mayoría estaba enterada de la acción por los propios guardianes, y muchos de éstos, en distintas cárceles, les expresaron sus simpatías secretas. En el interior del país, los presos políticos estaban siendo conducidos a Managua desde mucho antes de que se vislumbrara un acuerdo.
A esa misma hora, los servicios de seguridad de Panamá le informaron al General Omar Torrijos que un funcionario nicaragüense de mediano nivel quería saber si él estaría dispuesto a enviar un avión para los guerrilleros y los presos liberados. Torrijos estuvo de acuerdo. Minutos después recibió una llamada del presidente de Venezuela Carlos Andrés Pérez, quien estaba muy al corriente de las negociaciones y notablemente preocupado por la suerte de los sandinistas, y quería coordinar con su colega de Panamá la operación del transporte. Esa tarde, el gobierno panameño alquiló un Electra comercial de la compañía COPA y Venezuela mandó un Hércules inmenso. Ambos aviones esperaron en el aeropuerto de Panamá, listos para despegar, el final de la negociaciones.
Culminaron, en realidad , a las 4 de la tarde del miércoles y a última hora trató Somoza de imponer a los guerrilleros un plazo de tres horas para abandonar el país, pero estos se negaron, por razones obvias, a salir de noche. Los diez millones de dólares fueron reducidos a quinientos mil, pero el FSLN decidió no discutir más, primero porque el dinero era de todos modos una condición secundaria, pero en especial porque los miembros del comando empezaban a dar peligrosas señales de cansancio después de dos días sin dormir y sometidos a una presión intensa. Los primeros síntomas, graves, los notó en sí mismo el comandante "Cero", cuando descubrió que no lograba concebir la ubicación del Palacio Nacional dentro de la ciudad de Managua. Poco después, el número "Uno" le confesó que había sido víctima de una alucinación: creyó oír que pasaban trenes irreales por la Plaza de la República. Por último, "Cero" observó que la número "Dos" había empezado a cabecear y en un pestañeo instantáneo estuvo a punto de soltar la carabina. Entonces comprendió que era urgente terminar
El jueves, a las 9.30 de la mañana, veinticinco sandinistas, cinco negociadores y cuatro rehenes abandonaron el Palacio Nacional con rumbo al aeropuerto. Los rehenes eran los más importantes: Luis Pallais Debayle, José Somoza, José Antonio Mora y el diputado Eduardo Chamorro. A esa hora, sesenta presos políticos de todo el país estaban a bordo de los dos aviones llegados de Panamá, donde todos habían de pedir asilo pocas horas después. Sólo
Los sandinistas habían puesto como condiciones finales que no hubiera militares a la vista ni ninguna clase de tráfico en la ruta del aeropuerto. Ninguna de las condiciones se cumplió, porque el gobierno ordenó a la Guardia Nacional salir a las calles para impedir cualquier manifestación de simpatía popular. Fue un intento vano. Una ovación cerrada acompaño el paso del autobús escolar, y las gentes se echaban a la calle para celebrar la victoria, y una larga fila
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